Por Marisol Maya Pérez, Profesora Investigadora Universidad Anáhuac México y ESCA - Escuela Superior de Comercio y Administración, Instituto Politécnico Nacional (IPN).
Son las 11:48 de la noche y el grupo de WhatsApp de la maestría sigue activo. Una estudiante pregunta si la plataforma ya permite subir el ensayo final; otro compañero comparte una captura de pantalla porque el sistema volvió a fallar; la docente responde casi de inmediato con un mensaje breve: “Revisen nuevamente en diez minutos”. Nadie parece sorprendido. Hace tiempo que la universidad dejó de cerrar sus puertas a las nueve de la noche. Ahora permanece abierta las veinticuatro horas, escondida detrás de una notificación, una videollamada o una tarea pendiente en Brightspace.
En los pasillos universitarios ya no sólo se escucha el murmullo de estudiantes apresurados o el sonido de hojas impresas. Hoy predominan las pantallas iluminadas, los audífonos, las laptops abiertas y los teléfonos vibrando sobre las mesas. La transformación digital prometía modernizar la educación, facilitar los procesos de enseñanza y democratizar el conocimiento. En parte lo consiguió. Sin embargo, también instaló una nueva dinámica silenciosa: la hiperconectividad permanente.
Después de la pandemia, las instituciones de educación superior descubrieron que podían coordinar reuniones virtuales, gestionar plataformas educativas y mantener comunicación inmediata con estudiantes y docentes. Lo que comenzó como una necesidad emergente terminó convirtiéndose en una nueva cultura académica. Ahora las clases híbridas, los formularios digitales, las plataformas institucionales y la mensajería instantánea forman parte de la vida cotidiana universitaria. El problema es que, en medio de esa modernización, el tiempo personal comenzó a desaparecer.
Muchos docentes aprendieron a utilizar herramientas digitales sobre la marcha. Algunos transformaron sus clases tradicionales en experiencias virtuales innovadoras; otros simplemente sobrevivieron al proceso. La exigencia ya no consiste únicamente en dominar una disciplina, sino en responder correos a cualquier hora, grabar contenidos, actualizar plataformas, revisar actividades digitales y mantener comunicación constante con estudiantes. Como señala Navarro Salcedo (2024), el liderazgo educativo contemporáneo exige nuevas competencias digitales y pedagógicas capaces de responder al fenómeno tecnológico presente en las instituciones educativas.
Las oficinas universitarias también cambiaron. Antes, los coordinadores académicos caminaban entre cubículos revisando documentos impresos; hoy observan indicadores en línea, monitorean plataformas y atienden reuniones virtuales interminables. El liderazgo institucional se ejerce frente a una pantalla. Las decisiones se toman entre algoritmos que contabilizan asistencia, productividad, evaluaciones y desempeño. En ocasiones, pareciera que las universidades comenzaron a medirlo todo, excepto el agotamiento de quienes las sostienen diariamente.
Una profesora de licenciatura confesó recientemente que ya no distingue cuándo termina su jornada laboral. “Siempre hay algo pendiente”, dijo mientras revisaba mensajes desde su teléfono. La frase resume una realidad compartida por miles de docentes: la digitalización expandió las posibilidades educativas, pero también extendió el trabajo más allá de los límites físicos de la universidad.
Paradójicamente, mientras la tecnología prometía optimizar el tiempo, muchos estudiantes aseguran sentirse más saturados que nunca. Saltan de una plataforma a otra, revisan múltiples aplicaciones y atienden simultáneamente clases, trabajos y notificaciones. Algunos escuchan una videoclase mientras responden mensajes o revisan redes sociales. La atención fragmentada se convirtió en parte del aprendizaje contemporáneo. Pérez-Juárez, González-Ortega y Aguiar-Pérez (2024) advierten que las distracciones digitales afectan significativamente el rendimiento académico y la capacidad de concentración de estudiantes universitarios.
En este contexto, el liderazgo docente adquiere una relevancia distinta. Ya no basta con transmitir contenidos; ahora se requiere acompañar emocionalmente, generar empatía y construir ambientes digitales más humanos. Diversas investigaciones recientes sostienen que el liderazgo educativo debe integrar competencias tecnológicas, habilidades pedagógicas y sensibilidad frente al bienestar de las comunidades académicas (Navarro Salcedo, 2024).
Asimismo, Noriega Gonzales (2025) sostiene que el fortalecimiento de las competencias digitales favorece la autonomía estudiantil y la innovación pedagógica, aunque persisten desafíos relacionados con la infraestructura tecnológica y la formación docente. Esto explica por qué muchas universidades aún enfrentan dificultades para equilibrar innovación tecnológica y bienestar institucional.
Las tensiones son visibles todos los días. Las universidades impulsan modelos de innovación tecnológica mientras docentes y estudiantes intentan adaptarse a ritmos acelerados de conectividad. La inteligencia artificial comienza a incorporarse en actividades académicas, plataformas automatizadas evalúan desempeños y los sistemas digitales administran cada vez más procesos educativos. El desafío ya no es únicamente tecnológico, sino profundamente humano.
En algunas aulas todavía sobreviven pequeños actos de resistencia. Hay docentes que deciden apagar el celular durante las clases para recuperar la conversación presencial; otros permiten espacios sin pantallas para fomentar la reflexión crítica. Algunos coordinadores académicos empiezan a discutir la importancia del bienestar digital y la necesidad de establecer límites saludables en la comunicación institucional. No se trata de rechazar la tecnología, sino de evitar que la educación quede subordinada completamente a la lógica de la inmediatez.
La UNESCO y especialistas en educación híbrida han insistido recientemente en que el desarrollo profesional docente debe incluir no sólo habilidades tecnológicas, sino también estrategias para el cuidado emocional y la construcción de ambientes de aprendizaje resilientes (Kuisch Laroche & Mateo Díaz, 2025). La educación digital necesita líderes capaces de comprender que detrás de cada usuario conectado existe una persona cansada, saturada o ansiosa.
Mientras tanto, la universidad continúa funcionando entre algoritmos. Las plataformas seguirán enviando recordatorios automáticos y las videollamadas ocuparán parte de la rutina académica. Pero quizá el verdadero reto educativo no consista en incorporar más tecnología, sino en aprender a utilizarla sin sacrificar el bienestar de quienes enseñan y aprenden.
Porque, al final, ninguna plataforma puede sustituir completamente la presencia humana de un docente que escucha, orienta y acompaña. En tiempos digitales, el liderazgo educativo más valioso tal vez sea aquel que todavía recuerda que educar no significa únicamente conectar dispositivos, sino también cuidar personas.
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Referencias
Kuisch Laroche, E., & Mateo Díaz, M. (2025, abril 25). Docentes en la era digital: claves para una educación resiliente e híbrida. El País. https://elpais.com/america-futura/2025-04-25/docentes-en-la-era-digital-claves-para-una-educacion-resiliente-e-hibrida.html?utm_source=chatgpt.com
Navarro Salcedo, G. (2024). El liderazgo y la formación docente en la era digital: un análisis contemporáneo. Revista Iberoamericana de Tecnología en Educación y Educación en Tecnología, (39), 98–107. https://doi.org/10.24215/18509959.39.e10
Disponible en: Revista TE&ET UNLP
Noriega Gonzales, F. (2025). Competencias digitales en la enseñanza-aprendizaje en educación superior: revisión sistemática de la literatura. RIDE. Revista Iberoamericana para la Investigación y el Desarrollo Educativo, 16(32). https://doi.org/10.23913/ride.v16i32.2936
Disponible en: RIDE Revista Iberoamericana
Pérez-Juárez, M. Á., González-Ortega, D., & Aguiar-Pérez, J. M. (2024). Digital distractions from the point of view of higher education students. arXiv. https://doi.org/10.48550/arXiv.2402.05249
Disponible en: arXiv.org
Marisol Maya Pérez
Especialista en derecho, gestión académica y liderazgo institucional, con una trayectoria consolidada en el desarrollo de programas educativos y coordinación universitaria de alto nivel. Licenciada en Derecho por la UNAM con mención honorífica y homologación oficial española, cuenta con estudios de posgrado y doctorales en México y España, así como un Posdoctorado en Gestión Pública y Gobernanza Avanzadas. Actualmente forma parte de la Universidad Anáhuac, donde se desempeña como Coordinadora Académica de la Maestría en Derecho de la Empresa y responsable de Titulación de Posgrado en la Facultad de Derecho. Su experiencia combina visión estratégica, formación multidisciplinaria y liderazgo orientado al fortalecimiento académico e institucional.


